A mansalva

Por Gonzalo León

 

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Gonzalo León es colaborador permanente de Perfil Cultura y corresponsal de la revista América Economía. Ha publicado en Mansalva la novela Cocainómanos chilenos.

Lautaro Bastarreche, el flamante administrador de este blog, me escribió preguntándome si tenía material inédito para pasarle. Luego de felicitarlo por el blog, que a mi entender Mansalva debió haber implementado hace rato, le dije que en la semana pensaría en qué mandarle: novela inédita, cuento inédito, crónica inédita, entrevista fallida. Finalmente me decidí por escribir algo clásico: una lista de libros a mansalva, pero no como un listado de imprescindibles, porque no creo que haya libros imprescindibles, sino que lo que hay es una búsqueda personal. Recuerdo que Mario Levrero en una de las entrevistas compiladas por Elvio E. Gandolfo en Un silencio menos hablaba de que leería a Proust cuando cumpliera sesenta años; Proust al parecer era tan aburrido que había que guardarlo para la vejez. Decidí entonces que ésta sería una lista de libros que hayan implicado un cambio en mi percepción de la literatura: desde mi adolescencia cuando descubrí una pasión por el mundo de los libros hasta ahora, cuando soy un viejo decrépito y mis cansados pies recorren con dificultad el camino de mi casa al bar y del bar a mi casa todos los días.

Soy chileno y por eso empiezo con dos libros chilenos que se alimentaron de la tradición europea, pero de distintos lugares: desde lo anglosajón, como es el caso de Chistes para desorientar a la poesía; Chistes parra desorientar a la policía (1983), de Nicanor Parra, que fue el primer libro que compré con el dinero ganado como dependiente en la primera feria del libro de Viña del Mar, en verdad era un artefacto (una continuación de lo que había hecho en 1972), una cajita con postales, en donde llevaba al extremo su propuesta antipoética, esto es de poesía popular anglo, de trovadores y juglares, iniciada con Poemas y antipoemas (1954); y desde otro lugar, más específicamente desde lo español, la novela Mío Cid Campeador, de Vicente Huidobro, quien le quita lo apócrifo y le cambia el género al conocido Cantar de Mío Cid. Ambos textos y sus respectivos autores responden a mi adolescencia y los recuerdo con afecto, junto con el despertar sexual y el fútbol con los amigos.

Después hay tres textos que, si bien no responden a mi adolescencia, me hicieron entender que había otra narrativa chilena, distinta a la que se enseñaba en los colegios y universidades. El primero fue El río, de Alfredo Gómez Morel, un escritor lumpen que estuvo en la cárcel y murió en la calle esperando una pensión de gracia de la dictadura de Pinochet: esta novela fue traducida al francés, publicada por Gallimard con prólogo de Pablo Neruda. Tiene varias ediciones, una de las últimas del año pasado, pero creo que aún no se ha logrado procesar bien dentro de nuestra tradición, cosa que sucede con todo lo raro en mi país, o que se aparta de una tendencia dominante. De esta tradición lumpenesca podría nombrar también a Luis Cornejo y los cuentos de Barrio bravo, una especie de narrativa del conurbano, cuando Santiago aún no era esa Región Metropolitana que extiende sus tentáculos como ahora. En otro extremo hay un libro de entrevistas relativamente reciente que me gustó mucho, porque es un libro fallido; se trata de Desde la Atlántida: conversaciones con Miguel Serrano, de Rafael Videla Eissmann. ¡Sí, como el dictador! Serrano, sobrino de Huidobro, es un escritor del que acabo de terminar de escribir una cosa rara, mezcla de narrativa y biografía, y que, si Dios, la Virgen, el Diablo y Sasha Grey lo permiten, saldrá el próximo año: Miguel Serrano se decía hitlerista esotérico y otras veces, hacia el final de sus días, hitlerista total. Sus libros mezclan ensayo, crónica, ficción tradicional y panfleto. El libro de Videla es un encuentro entre maestro/discípulo: si lo hubiera abordado con menos gravedad y abandonado el tono documental, habría sido una novela delirante.

Pero también hubo una época en que casi lo único que leía era literatura estadounidense. A finales de los 90 cuando me hablaban de Paul Bowles, respondía: Bowles, sí, Jane, ¿no? Es tremenda. Dos damas muy serias es de esos libros únicos que menciona Roberto Calasso, el célebre editor de Adelphi, en La marca del editor; para él, los libros únicos son los que plantean un quiebre, o un antes y un después, en la historia de un autor y también del lector. Hasta Dos damas muy serias (recuerdo que Gabriela Bejerman tradujo los cuentos y una obra de teatro de Bowles hace unos años) había leído mucho Hemingway, casi todo Fitzgerald, Steinbeck, Bukowski, Kerouac, Carver en menor medida, Capote, Easton Ellis, Leavitt, en fin, pero esta novela marcó mi alejamiento de esa tradición. En una conversación con Alejandro Rubio me dijo que cualquier escritor estadounidense sabía contar bien una historia. Y bueno, mucha de la literatura estadounidense que leí estaba bien contada. Pero se podía pedir más, ¿o no? Como por ejemplo, una literatura que sólo fuera palabras, melodía, donde la historia fuera un pretexto.

Ahora que lo pienso: los 90 fueron una década de formación para mí. Leí yanquis, leí chilenos, pero también durante esa década infame empezó a interesarme la autobiografía y la posibilidad de que ésta pudiera transformarse en ficción. Para mí lo era, pero un amigo de universidad, después de leer el borrador de mi primer libro de cuentos y de ver que los personajes tenían nombres reales, que era gente que él conocía, me dijo: Esto es ficción, no puedes poner nombres reales. Por esa época ni yo ni mi amigo sabíamos de la autoficción de Serge Doubrovsky o del realismo que huye hacia el delirio, o del realismo a secas y su instinto de alargar las novelas. Memorias, diarios, biografías, epistolarios me fueron atrapando, creyendo que allí había una vitalidad que en el resto de los libros no encontraba. Puedo nombrar ahora Bosquejos de infancia y adolescencia, de Thomas de Quincey, una especie de crónica-ensayo en la vida del poeta inglés. En ese libro descubrí la importancia que le daban las familias burguesas inglesas a finales del siglo xviii a las bibliotecas, éstas junto a las propiedades inmobiliarias y el dinero eran la herencia para sus hijos. Eso y que la palabra glamour viene de gramática. Fueron los escoceses que inventaron la palabra glamour para referirse a las personas que asistían a la Escuela de Gramática, o instituciones privadas de educación que, como señala De Quincey, enseñaban “la cultura literaria de la forma más amplia y liberal que pueda darse”. Hoy quien va a una escuela de modelaje tiene glamour.

Otro libro en esta clave que leí hace más años es Hilos de tiempo, de Peter Brook, que son las memorias de este director de teatro y cine vinculadas a su quehacer. Es el oficio el que explica su vida. Este libro dialoga con Continuación de ideas diversas, de César Aira que, como escribí en alguna parte, es una autobiografía de ideas, de buena parte de lo que piensa o le interesa a César, de quien he leído muchas novelas y ensayos; recuerdo que Las tres fechas, Artforum, La fuente y Ema, la cautiva me gustaron mucho. En todo caso, en el caso de César ponerse a enumerar novelitas, como él las llama, no sé si sea procedente, porque lo que me importa en su literatura es el procedimiento, la libertad con la que se plantea al escribir. Una libertad que también encuentro en Copi, por ejemplo, en El baile de las locas, de esta novela tengo dos ediciones, no sé por qué.

En relación a las biografías-diarios me interesan el Diario, de Gombrowicz, y el Borges, de Bioy, que son libros (auto)biográficos o de género, sin caer en el género o en la (auto)biografía solamente. Además de algunos chismes que le dan frescura a los volúmenes, hay en el caso de Gombrowicz un profunda visión de la literatura polaca, de los poetas y de quienes ejercen la crítica literaria, y en el caso de Bioy hay un cuestionamiento de los escritores argentinos que valen la pena (Girondo y Güiraldes no, Hernández, Macedonio y algunas cosas de Arlt sí), plantea la inexistencia de la literatura española en el siglo xx, lo espantosa que era la biografía de Goethe de Eckermann (que también tiene ese tono maestro/discípulo y que me está divirtiendo mucho ahora, porque es mi lectura del momento) y lo magnífica que era la biografía de Samuel Johnson de Boswell. En este tipo de libros está presente la memoria, que va seleccionando y descartando, porque no todo sirve literariamente. En este sentido hay algunos libros que operan sobre la base de cómo funcionan los recuerdos, los sueños y la memoria: El alma de Gardel, de Levrero, Los placeres y los días, que es el libro de cuentos de Proust y que no es para nada aburrido ni largo, La gran ventana de los sueños, el primer libro póstumo de Fogwill y Proust, el ensayo de Beckett que algunos dicen lo hizo a regañadientes (si fue así, el resultado es genial).

Me apasiona, como salta a la vista, toda esa literatura que es vista como menor o, como diría el escritor chileno Marcelo Mellado, “de baja intensidad”. Los libros de crónicas me interesaron durante muchos años, de hecho escribí un par, pero hoy la crónica es un género planchado, todos hacen lo mismo, y creo que hoy hay más periodismo que literatura en ella. Igual dentro del género hay libros notables como La pampa, de Alfred Ebelot, La esquina es mi corazón, de Pedro Lemebel, Proximidad del amor, de Tracey Emin, Banco a la sombra, de María Moreno, Horas perdidas en las calles de Santiago, de Roberto Merino, Del boxeo, de Joyce Carol Oates, Y Pasavento ya no estaba, de Enrique Vila-Matas. Sin embargo, casi ninguno de los libros de crónicas sudamericanas publicados en los últimos años me ha movilizado lo suficiente como para comprar uno y menos leerlo.

Lo admito aquí: hace poco comenzaron a interesarme los libros de viajes, pero creo que Viaje sentimental, de Laurence Sterne, una pequeña pieza que tiene 250 años y que enseña cómo narrar un viaje sin que el escritor se convierta en turista ilustrado, está todo lo referente a la literatura de viajes. Algo similar me ocurrió al leer los Relatos completos, de Kafka: me di cuenta de que todo ese boom del relato familiar o de clan que hay en Latinoamérica está contenido en esos relatos. Mis cuentos favoritos de Kafka son donde los protagonistas son animales: ‘Chacales y árabes’ e ‘Informe para una academia’.

En este punto, donde inevitablemente se llega al final, me pregunto si habré respondido a la inquietud de Lautaro Bastarreche, y esa duda me hace pensar por qué no he mencionado ningún libro de teatro, y eso que me gusta leer teatro más que ir a verlo, ni libros de poesía, a excepción del de Nicanor Parra, y eso que me gusta la poesía. Y no lo he hecho, porque el teatro que leí (Shakespeare, T. Williams, Wilde) no sé si haya influido en mi percepción de la literatura y porque la poesía, por otra parte, opera subterráneamente: por más que uno quiera, por ejemplo, que lo influya la poesía romántica inglesa y ponga todo su empeño en ello, es muy difícil que eso se note en la escritura. Hay afinidades que no son electivas.