Néstor Perlongher – Correspondencia

$480.00

Colección Campo Real ‖ 256 págs. ‖ 17 x 24 cm.

A

Antes que escritor, Perlongher fue un activista del deseo que luchó poniendo su cuerpo y su escritura (que para él iban juntos) al servicio de la transformación social en términos micropolíticos. En ese sentido esta Correspondencia ocupa un lugar clave dentro de su obra como la narración de su experiencia, de sus afectos, y espacio de reflexión política y afectiva. Ordenada cronológicamente, esta edición mima una forma biográfica: se trata de un artefacto que le hace a Perlongher contar su vida para ordenar una obra en función de los acontecimientos históricos que la configuran. Así, las cartas son un puente que permite articular historia y escritura, y las diversas formas de escritura entre sí. Ya que lo que tienen en común es la indagación del deseo como fuerza de transformación vital. Tal es la clave del neobarroso y su gravedad porteña: el carnaval lingüístico no queda en la mera festividad, hay allí un elemento disruptivo que desencaja y desautonomiza, preparando el campo para explosiones que estallarán a futuro, cuando el modo de politización y el modelo intelectual que él inaugura (el del revolucionario molecular), se transformen en un nuevo canon de lo queer-trash y la Argentina alucine con un caleidoscopio de devenires minoritarios que marcarán la primera década del nuevo milenio.

Cecilia Palmeiro

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A

Prensa:

Fragmento

Querida Nelly:

Llegamos a Bahía casi por accidente: la culpa fue mía que casi por dármelas de sabihonda me abalancé sobre una agencia de la Vasp (que acá los brasileros tienen una especie de imposibilidad estructural de pronunciar una consonante aislada: convierten “underground” en anderigranshi, llaman vaspi) y las ladinas, aprovechándose nuestro chanturreado portuñol, nos envasaron en unos vuelos regulares que hacían escala en Manaos, Brasilia, Iquitos, Belo Horizonte, Río, Ilheus y Cayena, de modo que viró extenuante periplo, subidas y bajadas incesantes que nos tenían a maltraer, con las parvas de feijão y los marasmos de abacaxi alborotándose en ese permanente aterrizar –sobresalto en cuyo curso las visitas al baño son como desaconsejables). Agitado itinerario éste que obedece, antes que al capricho de los geómetras, a profundas motivaciones licoreras: la pinga (cachaça) no viene con el limón exprimido, sino que la batida la bate el mismo avión en sus crónicos espasmos.
De entrada nos sentimos muy vivas de haber hecho las reservas de hotel, porque vimos montones de gente que, por no tener reservas, dormían en la puerta de los hoteles, o en cualquier parte de la ciudad, tanto de día como de noche: de modo que Bahía es un enorme dormidero público, lo que, superada la sorpresa inicial, no deja de tener sus ventajas: uno no tiene necesidad de llegar a casa para dormir la siesta, puede desplomarse y echarse un sueñito en cualquier parte, con el consiguiente ahorro de energías, y sin mayores problemas, ya que los nativos respetan prolijamente a sus durmientes, como parte del culto al letargo aletargado al que parecen entregarse no sólo –y largamente– los oriundos, sino contagiar a los visitantes del vicio de la indolencia. De modo que pasamos la mayor parte del tiempo yaciendo en las arenas de la Barra, que es la playa de moda, en uno de cuyos rincones se arraciman, en fraternal connubio con las notorias bichas del sector, las familias pequeñoburguesas, dejando en resto de la playa libre para una dilatada población de hombres jóvenes y negros deliciosos.

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