Patricio Zunini – Fogwill, una memoria coral

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Colección Campo Real ‖ 160 páginas ‖ 14 x 21 cm.

Entre marzo y diciembre de dos mil trece entrevisté a amigos, escritores, editores y diferentes personas del ambiente cultural que conocieron a Fogwill, con la intención de enhebrar una narración a partir de esos testimonios de primera mano. Cada entrevistado aportó una mirada —necesariamente parcial porque Fogwill tuvo muchas vidas y las vivió todas a la vez— que se complementa, se opone, relativiza, dialoga con la de los otros. Me apuro a reconocer que faltan voces: cubrir las relaciones que Fogwill mantuvo es una tarea inabarcable. El resultado es un texto coral que, sin la pretensión universalista de la biografía ni la ligereza del anecdotario, da cuenta de cómo la memoria colectiva recuerda (construye) a uno de los escritores argentinos más relevantes de los últimos treinta años.

Patricio Zunini

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Colección Campo Real ‖ 160 páginas ‖ 14 x 21 cm.

Entre marzo y diciembre de dos mil trece entrevisté a amigos, escritores, editores y diferentes personas del ambiente cultural que conocieron a Fogwill, con la intención de enhebrar una narración a partir de esos testimonios de primera mano. Cada entrevistado aportó una mirada —necesariamente parcial porque Fogwill tuvo muchas vidas y las vivió todas a la vez— que se complementa, se opone, relativiza, dialoga con la de los otros. Me apuro a reconocer que faltan voces: cubrir las relaciones que Fogwill mantuvo es una tarea inabarcable. El resultado es un texto coral que, sin la pretensión universalista de la biografía ni la ligereza del anecdotario, da cuenta de cómo la memoria colectiva recuerda (construye) a uno de los escritores argentinos más relevantes de los últimos treinta años.

Patricio Zunini

Peso0.2 kg
Dimensiones22 × 14 × 1.5 cm

Fragmento

MARÍA MORENO. Había en Fogwill una pedagogía por el agravio. Fogwill se oponía a la legalización del aborto, de las drogas y del matrimonio gay pero no por simple golpe de efecto. En sus coqueteos fascistoides, o en sus eslogans reaccionarios, había siempre un punto de razón, cuando no el síntoma de un duelo patológico por la revolución. (Un trotskista es para siempre). Sus mejores libelos fueron los del principio de la democracia cuando les exigía a las buenas conciencias que se hicieran cargo de la complejidad de sus actos —sus efectos— en lugar de autoembelesarse en el conformismo de hacer con ellos meros ruido de ciudadanía. En los años postdictadura la denegación de toda violencia alcanzó las zonas más banales y los dichos de Fogwill solían jaquear un campo cultural en donde primaban las buenas maneras y sólo se agraviaba a quien no tenía el poder de ponerle una calificación en un examen, invitar a un congreso o negar una promoción: cuanto más timorato era el humillado más parecía gozar del agravio con risas que se adelantaban al guantazo como si el guantazo en lugar de interpelar fuera el fruto de un modo de ser (Fogwill), orgasmos masoquistas por la certeza de que, en el atacante, el ataque era una forma de reconocimiento —¡y la mayoría de las veces no era así!—. Cuanto más Fogwill defenestrara un lugar, una persona, más posibilidades tenía de que el lugar le abriera sus puertas, de que la persona se sometiera a su servidumbre. Como publicista él sabía que las razones eran varias, todas a su favor.

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